Changing Society, Opinioni, ricerche -  Burgos Osvaldo R. - 2016-02-16

LOS INDESEABLES EN EL PASAJE ÉTICO – Osvaldo R. BURGOS

Los indeseables en el pasaje ético: reconocer la exclusión jurídica, recuperar un sentido para la ley.

Discutir si el derecho es, o no, una ciencia; es un asunto baladí. Lo que de verdad importa es no olvidar que la justicia es un arte.

O.R.B.

Sumario: 1. Freud, Bentham y el debate imposible. 2. Lo concurrente excluye lo antagónico. 3. Los modos morales de la ley jurídica (y el ejemplo del sentido de la circulación) 4. El punto ciego y los errores teóricos fatales. 5. El resabio hobbesiano y sus consecuencias. 6. La soberanía de las urgencias. 7. Lo que pasa en la calle, mientras debatimos acá.

1- Freud, Bentham y el debate imposible.

Si no hubiera un instinto natural del ser humano hacia determinadas conductas, no sería necesaria la prohibición de esas conductas. Esto es, al menos, lo que dice Freud apropiándose de un viejo discurso histórico, que ya había sido negado por Bentham. Cien años antes de que el médico austríaco formara y formulara sus hipótesis edípicas; el pensador inglés ya había escrito que toda prohibición hace nacer la incitación a quebrantarla, es decir, el deseo de desplegar la conducta prohibida.

Bentham vivió un siglo antes que Freud. Y, como él, cuando hablaba de deseo se refería a la ley moral. Pero si todo debate por la precesión histórica resulta notoriamente indecidible –una vez descartado el recurso mítico de la generación espontánea; aceptando que todo padre nace hijo pero que todo hijo supone un padre, es inútil preguntarse cuál de los dos extremos de la génesis precede al otro- el debate por la precesión del deseo o su mandato de represión no es más que una aporía. Se agota apenas formulado en la distancia indescontable entre las dos series distintas de significados en las que se despliega; no supera siquiera las exigencias de un análisis superficial.

El deseo de quebrantar la ley que denuncia Bentham, no es exactamente el mismo deseo reprimido por la ley al que alude Freud.

De lo contrario, debiéramos aceptar que para Bentham no habría más deseos que los prohibidos o que para Freud la pulsión de transgredir sería inexistente: dos disparates mayúsculos que muy lejos están de sostener su inscripción en el pensamiento de uno o de otro.

Entonces, si la conducta potencialmente deseable a la que alude Freud no es exactamente la misma que Bentham denuncia como de fuente legal –porque, muy claramente, el deseo de quebrantar la ley  no es, por sí, el deseo de desplegar las conductas en las que ese quebrantamiento se manifiesta; o, dicho en otros términos, el deseo del quebrantamiento no es, en sí, el deseo de su ocasional contenido-; es claro que uno y otro hablan de cosas distintas.

Utilizan los mismos términos para construir sentidos inasimilables; piensan contenidos diferentes para las mismas palabras; coinciden en los significantes pero difieren en los significados. Y en tales circunstancias, el debate de precesión que alguna vez ocupó los esfuerzos de la filosofía moral, declina hacia su imposibilidad irrevocable.

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